Alienum phaedrum torquatos nec eu, vis detraxit periculis ex, nihil expetendis in mei. Mei an pericula euripidis, hinc partem.

Nacer de nuevo en la escuela Vedruna: una reflexión compartida desde el Encuentro de educadores celebrado

Nacer de nuevo en la escuela Vedruna: una reflexión compartida desde el Encuentro de educadores celebrado

En el marco del Bicentenario Vedruna, los centros integrados en Fundación Vedruna Educación han vivido durante los últimos meses un proceso compartido de reflexión a partir del taller Cuidar la Escuela Vedruna. 200 años educando para la vida… ¿y ahora qué?.

No se trataba solo de responder a unas preguntas o de completar una dinámica. Se trataba, más bien, de detenernos. De mirar con algo más de verdad la vida de nuestros centros. De poner nombre a lo que queremos cuidar, a lo que sentimos más frágil y a lo que intuimos que necesita ser recreado.

Este camino tuvo continuidad en el Encuentro de Educadores Vedruna, celebrado en Madrid durante el mes de junio, especialmente en la mesa redonda Nacer de nuevo en la Escuela Vedruna. En ella participaron María Teresa Cuervo Buitrago, hermana general de la Congregación, y M. Gracia Gil, provincial de Europa. Sus intervenciones ayudaron a mirar la Escuela Vedruna desde dos perspectivas profundamente complementarias: la raíz congregacional y universal del carisma, y la responsabilidad concreta de quienes hoy lo encarnan en la vida real de las comunidades religiosas. La moderación corrió a cargo de Damián Buenvarón, director del colegio Vedruna de La Palma del Condado y miembro de la comisión del bicentenario en la Fundación Vedruna Educación.

La pregunta de fondo era sencilla de formular, pero exigente en sus consecuencias: ¿qué significa hoy nacer de nuevo en la Escuela Vedruna?

Nacer de nuevo no significa empezar de cero, negar lo vivido ni cambiar por cambiar. Significa volver a la raíz para que lo esencial pueda brotar hoy con fuerza nueva. Significa mirar los 200 años de vida Vedruna no solo con gratitud, sino también con responsabilidad.

Porque celebrar una historia no basta. Una tradición educativa no se mantiene viva únicamente recordando su origen. Se mantiene viva cuando vuelve a hacerse pregunta, decisión y camino. Cuando deja de ser solo memoria y se convierte de nuevo en fuente.

María Teresa recordó que la intuición de Joaquina sigue teniendo una fuerza enorme para el momento actual. Joaquina supo leer la realidad, reconocer las necesidades de su tiempo y ofrecer respuestas nuevas. También hoy la escuela se encuentra ante cambios profundos: nuevas realidades familiares, jóvenes que buscan sentido y proyecto de vida, descenso de la natalidad, transformación digital, fragilidad emocional y contextos sociales cada vez más diversos.

Ante todo ello, la Escuela Vedruna está llamada a responder precisamente allí donde la tecnología nunca podrá sustituir la presencia humana: el cuidado, el acompañamiento, la formación ética, la vida comunitaria, la educación emocional, la espiritualidad y la cercanía cotidiana.

Celebración de los 50 años del colegio Vedruna de Villaverde (Madrid), en septiembre de 2022

 

En sus palabras resonó con fuerza una convicción: la educación no puede reducirse al rendimiento. La escuela tiene que ayudar a formar la inteligencia y el corazón. Tiene que preguntarse si los alumnos se sienten vistos y reconocidos, no solo evaluados; si les ayuda a sanar la ansiedad o, por el contrario, contribuye a aumentarla; si educa para el éxito exterior o también para la profundidad interior, la conciencia, la resiliencia, la libertad y la apertura a Dios y a los demás.

Por eso, en el corazón de la intuición de Joaquina aparece una palabra decisiva: la persona. Una persona mirada en su dignidad, fortalecida, acompañada, capaz de crecer con otros y de construir comunidad y esperanza.

También M. Gracia subrayó con claridad que el carisma Vedruna no puede sostenerse solo desde las estructuras, los documentos o la memoria agradecida. Necesita personas concretas que lo vivan, lo cuiden y lo hagan posible en el día a día. La misión compartida exige compromiso, corresponsabilidad y una implicación real de quienes formamos parte de las comunidades educativas.

Fue una llamada serena, pero muy directa, a la coherencia. No todos viven el proyecto con la misma intensidad ni en el mismo momento vital, pero una escuela con identidad necesita que quienes forman parte de ella ayuden a construir, a cuidar y a sumar. Y, al menos, que nadie dificulte el camino común ni desgaste aquello que otros intentan sostener con fidelidad y esperanza.

De izquierda a derecha, Damián Bienvarón, director del colegio Vedruna de La Palma del Condado;
María Teresa Cuervo Buitrago, hermana general, y M. Gracia Gil, provincial de Europa

 

En las aportaciones de los centros y en la conversación de la mesa redonda aparecieron una y otra vez palabras profundamente Vedruna: persona, cuidado, acompañamiento, comunidad, interioridad, compromiso, pensamiento crítico, confianza, pertenencia. No son simples conceptos. Son huellas de una manera de entender la educación. Son señales de una intuición pedagógica y espiritual que sigue viva.

Pero también apareció una conciencia clara: no basta con conservar un lenguaje valioso. La fidelidad, cuando es verdadera, pide traducción. Traducir la identidad a decisiones. Traducir el carisma a formas concretas de acompañar. Traducir el cuidado a cultura de centro, a currículo, a pastoral, a relación con las familias, a organización, a liderazgo y a vida cotidiana.

Ahí se juega hoy una parte importante del futuro de la Escuela Vedruna. No solo en decir quiénes somos, sino en lograr que eso se note. Que se note en cómo miramos al alumnado, en cómo cuidamos a los educadores, en cómo acompañamos a las familias, en cómo habitamos lo digital sin perder lo humano y en cómo hacemos del aprendizaje un camino de sentido y no solo de rendimiento.

Durante la mesa redonda apareció una imagen especialmente sugerente: si Joaquina recorriera hoy nuestros pasillos, probablemente no buscaría primero una institución que funciona. Buscaría una comunidad que late.

No se detendría solo en las estructuras, los documentos o los símbolos. Miraría los rostros. Miraría a los niños y jóvenes que crecen en un mundo acelerado, fragmentado y digital. Miraría sus preguntas, sus miedos, su soledad, sus posibilidades. Miraría también a las familias, tantas veces necesitadas de confianza. Y miraría a los educadores: lo que sostienen, lo que les pesa, lo que les ilusiona y lo que necesitan cuidar para poder seguir cuidando.

Porque no hay escuela del cuidado si quienes cuidan viven solos, cansados o desacompañados. La identidad no se transmite solo en lemas, celebraciones o documentos institucionales. Se transmite en personas que la encarnan. En equipos que se acompañan. En comunidades educativas que no dejan que nadie tenga que sostener la misión únicamente desde la fuerza.

Por eso, nacer de nuevo implica también discernir. No solo añadir cosas nuevas, sino revisar, simplificar y podar. Podar inercias, lenguajes vacíos, prácticas que ya no dan vida y aquello que nos mantiene ocupados, pero no necesariamente más fieles a la misión.

Y, al mismo tiempo, cuidar los brotes. Cuidar la comunidad real. Cuidar la interioridad. Cuidar el pensamiento crítico. Cuidar la relación educativa. Cuidar la pastoral con sentido. Cuidar la presencia en un mundo digital que no puede robarnos el rostro. Cuidar una escuela que eduque, sane y libere.

Educar, sanar y liberar. Tres verbos profundamente Vedruna que no pueden quedarse en formulaciones bonitas. Tienen que poder reconocerse en la vida diaria de un centro. Una escuela educa cuando abre caminos de conocimiento y de sentido. Sana cuando acompaña heridas, reconstruye vínculos y cuida la vida. Libera cuando ayuda a crecer con dignidad, responsabilidad, pensamiento propio, compromiso y esperanza.

Una escuela que Joaquina fundara hoy sería una escuela profundamente humana, donde cada persona importara de verdad. Una escuela capaz de mirar la realidad de frente. Una escuela con interioridad y horizonte. Una escuela que no pusiera la eficacia por delante del cuidado, ni la tecnología por delante de la persona, ni el algoritmo por delante del rostro.

Sería una escuela fiel y creativa. Fiel a la raíz que la sostiene, pero no prisionera de formas que ya no dan vida. Creativa para encontrar nuevos lenguajes, nuevas presencias, nuevas respuestas y nuevos mapas de esperanza para este tiempo.

En este sentido, María Teresa dirigió a los educadores un mensaje especialmente significativo. Agradeció su disponibilidad para ser movilizadores de esperanza y les animó a vivir con pasión una vocación que se concreta cada día en acompañar a niños y jóvenes y enseñarles a vivir. Porque educar no es solo transmitir conocimientos: es ayudar a descubrir posibilidades, despertar confianza, abrir horizontes y mostrar que la vida merece ser vivida con sentido, compromiso y esperanza.

Quizá uno de los frutos más hermosos de esa vocación sea escuchar, con el paso del tiempo, a antiguos alumnos decir: “Gracias por enseñarme a vivir”. Pocas expresiones resumen mejor la grandeza discreta de la tarea educativa.

El Bicentenario no invita solo a recordar un origen. Invita a dejarnos interpelar por él. A preguntarnos qué merece permanecer, qué necesita ser transformado y qué decisiones nuevas exige hoy una fidelidad verdadera.

Porque una escuela no nace de nuevo cuando cambia de discurso. Nace de nuevo cuando vuelve a tocar lo esencial y se atreve a encarnarlo de otra manera.

En este camino de memoria y futuro, el Proyecto Transmedia Vedruna ofrece un espacio compartido para seguir reconociendo algunas de las huellas de Santa Joaquina en la Escuela Vedruna. Recoge testimonios, relatos y experiencias que ayudan a descubrir cómo aquella intuición primera sigue tomando forma hoy en nuestras escuelas y comunidades educativas.

Puede visitarse aquí: Proyecto Transmedia Vedruna: huellas de Santa Joaquina

Y quizá ahí aparece la responsabilidad más honda. No solo institucional, sino también personal. La Escuela Vedruna no se recrea en abstracto. Se recrea en cada educador, en cada equipo, en cada aula, en cada decisión cotidiana.

Por eso, después de escuchar a los centros de Fundación Vedruna Educación y de compartir este camino en el Encuentro de Educadores Vedruna, queda una pregunta sencilla, pero exigente:

¿Qué tengo que cuidar, qué tengo que revisar y qué estoy llamado a hacer brotar de nuevo para que la Escuela Vedruna siga teniendo vida, alma y futuro?

Fundación Vedruna Educación

Fecha

junio 28, 2026

Categoría

Bicentenario, Proyecto Escuelas Vedruna