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Cardenal O’Malley, en la celebración del bicentenario Vedruna: “Hay gran necesidad en el mundo del carisma y misión de santa Joaquina”

Cardenal O’Malley, en la celebración del bicentenario Vedruna: “Hay gran necesidad en el mundo del carisma y misión de santa Joaquina”

El cardenal arzobispo emérito de Boston, el capuchino Seán Patrick O’Malley, presidió este 26 de febrero la Misa de acción de gracias por el bicentenario de la fundación de las Carmelitas de la Caridad Vedruna. La Eucaristía, en la iglesia de la Casa Madre, en Vic, fue concelebrada por el obispo de Vic, Romà Casanova, y numerosos presbíteros vinculados a la congregación.

En su homilía, íntegramente en castellano, el cardenal O’Malley comenzó recordando los vínculos de santa Joaquina con la Orden Franciscana. “Ustedes son casi capuchinas, casi franciscanas”, dijo. Y “sabemos que cuando esta maravillosa nueva congregación fue fundada por una mujer extraordinaria y carismática, santa Joaquina de Vedruna, ella había sido terciaria franciscana y estuvo estrechamente relacionada con el hermano capuchino Esteban de Olot. Eligió como nombre religiosa el de Joaquina de San Francisco de Asís. Sus intenciones, sin embargo, se quedaron frustradas cuando el obispo decidió que la nueva congregación sería carmelita, no franciscana. ¡Qué decepción!”, bromeó. “Sin embargo, parece que todo ha funcionado bien…”.

Esta anécdota histórica le sirvió al purpurado para contar cómo la decisión que le fue impuesta por otro obispo fue lo que, a la postre, le permitió conocer a santa Joaquina, hasta el punto de considerarse “socio de la comunidad de las Carmelitas de la Caridad Vedruna, a pesar de mis deficiencias y de mi género”. Refiriéndose a las Vedruna con las que trabajó durante esos años en Estados Unidos, hoy puede afirmar: “Estas son las hermanas que me formaron como joven sacerdote, especialmente con su ejemplo de fidelidad, amor a los pobres, los oprimidos y un profundo compromiso con los valores del Evangelio”.

Sucedió que al joven Seán Patrick O’Malley se preparaba para ser enviado a la Isla de Pascua. Con ilusión, estaba volcado en el estudio de la lengua local, el rapanui, pero los planes se frustraron por una llamada telefónica del arzobispo de Washington, Patrick O’Boyle, que no estaba dispuesto a prescindir del único sacerdote hispanoparlante en la diócesis. El fraile fue destinado a dirigir el Centro Católico Hispano que atendía a migrantes y refugiados procedentes, en su mayoría, de Centroamérica, una región sacudida entonces por la violencia. La dotación se reducía a la hermana María Luisa, “una vasca”, más una secretaria a tiempo parcial. “Me di cuenta que la monja española era una fuerza de la naturaleza. Cuando me preguntaban cuántas personas había en el equipo, yo solía responder: ‘Somos unos once: un servidor y una hermana que hace el trabajo de diez’”.

Otras hermanas Vedruna se fueron uniendo al equipo: “la hermana Hilaria, la hermana Carmen, la hermana Engracia, la hermana Pilar, la hermana Maya. Y por supuesto, la que se convirtió en mi alter ego, la hermana Manuela”, más otras hermanas en Washington, como “la hermana Covadonga, la hermana María Rosa, la hermana Maureen, la hermana Aransas, y otras que trabajaban con los pobres, con los estudiantes, con las mujeres sin hogar…”.

“Si no hubiera sido por ese obispo de Washington –añadió–, nunca habría vivido la luna de miel de mi sacerdocio trabajando con las hermanas de Vedruna, quienes se convirtieron en una parte tan importante de mi vida y de mi vocación. Así pues, 55 años más tarde, yo puedo darle las gracias al arzobispo de Washington”.

Un don para toda la Iglesia

Alumnos del colegio Virgen del Carmen de Toledo, al final de la Eucaristía, cantan la pieza galardonada en el concurso de colegios organizado por la Fundación Vedruna Educación para componer un himno del bicentenario

 

El cardenal O’Malley dedicó buena parte de su homilía a hablar de la importancia de la santidad y del carisma que dejan como legado personas como Joaquina de Vedruna. Vivimos “en una sociedad es adicta a las celebridades del mundo del deporte, del cine, de la política…”, dijo. “En la Iglesia no tenemos celebridades. Somos hermanos todos, pero tenemos nuestros héroes, nuestros santos y santas, cuyas vidas han hecho más presente y más visible el amor y bondad de Dios en medio nuestro”.

Y al referirse a la trascendencia de la celebración del bicentenario, añadió: “Aquí no celebramos una abstracción, no celebramos una idea; celebramos un carisma vivido que nos llegó de Joaquina de Vedruna. Como católicos, vemos los sacramentos como dones que Dios, están otorgados a la Iglesia para las personas, pero los carismas son dones dados a las personas para la Iglesia. Honramos a las mujeres que han traído este carisma a nuestra Iglesia”.

Porque las santas y los santos muestran “un camino claro para encarnar los ideales del Evangelio en nuestro mundo” y “atraen a la gente por amor y por su alegría”.

“Hoy nos alegramos y damos gracias por esta gran mujer que se entregó a Dios y a los demás”, añadió, en referencia a santa Joaquina. “Queremos honrarla imitando su bondad y entregándonos al Señor y a nuestros hermanos y hermanas”.

“En el mundo actual, el Papa Francisco describió una tercera mundial en entregas. Hay tantas guerras, tanta hambre, divisiones tan profundas… En un mundo así hay una gran necesidad del carisma y la misión de santa Joaquina, su testimonio y amor, continúan desafiando el egoísmo y la globalización de la indiferencia que causa tanto sufrimiento en la sociedad actual”

“Al morir a nosotros mismos y entregar nuestra vida a los demás, encontramos el camino hacia la verdadera felicidad, el sentido de la vida y la salvación, tal como hizo Joaquina”, dijo para concluir su homilía. “Enhorabuena, hermanas carísimas. ¡Seguid subiendo al Monte Carmelo con las obras y el espíritu de santo Joaquina!”, exhortó, dando de paso a entender que no le guarda rencor a aquel obispo de Vic, Pablo de Jesús Corcuera, que, para la obra de Joaquina, eligió como referente a Teresa de Jesús en lugar de a Francisco de Asís.

 

Texto completo de la homilía

Señor obispo, padre abad, hermanos sacerdotes, queridísima hermana María Teresa, carísimas hermanas carmelitas mías, hermanos y hermanas todos… ¡Qué alegría estar aquí con ustedes! Estoy conmovido de que pude estar parte de su gran celebración de los 200 años. ¡Qué logro es eso!

Hace muchos años, cuando estaba recién nombrado obispo, me llamaron de la Conferencia de Obispos para decir que habían recibido una llamada de la Casa Blanca, del presidente Bush en aquel entonces. Y él pidió que la conferencia enviara un obispo de habla portuguesa a la Casa Blanca para una cena de gala con el presidente de Brasil. Y puesto que yo era el único obispo en la Conferencia que hablaba portugués, me enviaron.

Yo estaba muy nervioso, nunca había estado en la Casa Blanca. Me recibieron muy bien y me colocaron en la mesa al lado del presidente Bush. Y al otro lado estaba una señora elegantísima, muy bonita. Y me dice: “Yo me llamo Gloria Estefan”. Y yo le pregunté: “¿Usted trabaja en la Casa Blanca?”. Y me dijo: “No padre, soy una cantante muy famosa”. Y yo dije: “Pues obviamente no canta canto gregoriano…”.

Ella era muy simpática y entendía bien que un pobre fraile no va a conocer todas las grandes celebridades del mundo, ¿verdad? Pero la verdad es: vivimos en una sociedad que está adicta a las celebridades del mundo del deporte, del cine, de la política… Pero en la Iglesia nosotros no tenemos celebridades. Somos hermanos todos, pero tenemos nuestros héroes, nuestros santos y santas, cuyas vidas han hecho más presente y más visible el amor y bondad de Dios en medio nuestro.

Y eso es lo que hoy nos estamos celebrando. Yo siempre bromeaba con las hermanas en Washington. Yo decía que ustedes son casi capuchinas, casi franciscanas. Pero sabemos que hace 200 años, cuando esta maravillosa nueva congregación fue fundada por una mujer extraordinaria y carismática, santa Joaquina de Vedruna, que ella había sido terciaria franciscana y estuvo estrechamente relacionada con el hermano capuchino Esteban de Olot.

Eligió como nombre religiosa el de Joaquina de San Francisco de Asís. Sus intenciones, sin embargo, se quedaron frustradas cuando el obispo decidió que la nueva congregación sería carmelita, no franciscana. ¡Qué decepción! Sin embargo, parece que todo ha funcionado bien…

Pero a veces los obispos cambian todo, pueden ser muy déspotas, ¿verdad? Eso lo encontré en mi propia vida cuando me disponía a ser ordenado sacerdote. El padre general había decidido que yo sería misionero en la isla de Pascua, ayudando un hermano de Alemania que llevaba 40 años en esa misión solo. Empecé a estudiar rapanui.

Estaba muy contento con ir a la misión, tenía mucha ilusión. Pero una llamada telefónica del señor obispo de Washington, Patrick O’Boyle, lo cambió todo. Le dijo al provincial: “Escucha, yo tengo un solo sacerdote de habla española, y ustedes están enviando ese hermano a las misiones. Lo necesito aquí”.

El arzobispo era bastante cascarrabias y el provincial no se quería pelear con él. Y así me destinaron a trabajar en Washington con los miles de migrantes que llegaban desde Centroamérica, donde había terribles guerras civiles en El Salvador, Nicaragua, Honduras, Guatemala. Parecía que todo El Salvador se estaba mudando a Washington.

Fue entonces que me enviaron a dirigir el Centro Católico Hispano. Nuestra modesta sebe estaba en un edificio de apartamentos destartalada y nuestro personal incluía a una carmelita de la caridad Vedruna, la hermana María Luisa, una vasca, más una secretaria a tiempo parcial.

Después de trabajar allí un tiempo, me di cuenta que la monja española era una fuerza de la naturaleza. Cuando me preguntaban cuántas personas había en el equipo del Centro Católico, yo solía responder: “Somos unos once, un servidor y una hermana que hace el trabajo de diez”.

Con el tiempo más hermanas vinieron a trabajar con nosotros, la hermana Hilaria, la hermana Carmen, la hermana Engracia, la hermana Pilar, la hermana Maya. Y por supuesto, la que se convirtió en mi alter ego, la hermana Manuela. Además de las hermanas que trabajaban con nosotros en el Centro con los inmigrantes, había otras hermanas en Washington, Covadonga, la hermana María Rosa, la hermana Maureen, la hermana Aransas, y otras que trabajaban con los pobres, con los estudiantes, con las mujeres sin hogar…

Si no hubiera sido por ese obispo despótico de Washington, nunca habría vivido la luna de miel de mi sacerdocio trabajando con las hermanas de Vedruna, quienes se convirtieron en una parte tan importante de mi vida y de mi vocación. Así pues, 55 años más tarde, yo puedo darle las gracias al arzobispo de Washington.

La mayoría de los inmigrantes a los que atendíamos eran refugiados indocumentados que huían de la violencia en sus países de origen, y llegaban a Washington para trabajar en los restaurantes y en la construcción, para poder enviar dinero a sus familias necesitadas.

El otro grupo demográfico al que atendíamos eran los cientos de trabajadoras domésticas, criadas, “chachas” como les decían… En gran parte eran sirvientas por contrato, prácticamente esclavas. Trabajaban en numerosas embajadas y en misiones diplomáticas en la Organización de los Estados Americanos. Eran empleados de los oficiales del Banco Mundial, del Banco Interamericano y de tantas organizaciones de salud y de otras cosas.

Con frecuencia, esas mujeres eran explotadas económicamente y a veces incluso sexualmente. Sus empleadores a menudo les retenían los pasaportes para que no pudieran buscar trabajo en otro lugar.

Una mujer que fue encontrada como un au pair, supuestamente para cuidar a los niños de una familia, terminó cocinando, limpiando, cuidando los niños, cortando el césped, lavando el coche de la familia, lustrando los zapatos de todos, trabajando siete días a la semana. A final del mes le entregaron un recibo que indicaba lo que la familia le cobraba por el alojamiento, la comida y el billete de avión que la trajo de Colombia. En tres años no le habían pagado nada.

La hermana Manuela y yo teníamos que lidiar a menudo con estos diplomáticos, quienes como diplomáticos gozaban de plena inmunidad frente a la ley. Y siempre nos decían: “Somos muy católicos, la tratamos como un miembro de nuestra familia”. A lo que yo siempre respondía: “Me alegro mucho de que no soy miembro de su familia”.

Entre los diplomáticos me dieron un apodo del que me siento muy orgulloso. Me llamaban el cura de las fregonas. También estoy muy orgulloso de que a pesar de mis deficiencias y de mi género, me hayan hecho socio de la comunidad de las Carmelitas de la Caridad Vedruna.

Para mí, estar hoy aquí es un gran honor. Estoy muy agradecido al monseñor Román, pues que me permitió venir a celebrar en su diócesis. Estas son las hermanas que me formaron como joven sacerdote, especialmente con su ejemplo de fidelidad, amor a los pobres, los oprimidos y un profundo compromiso con los valores del Evangelio.

Aquí no celebramos una abstracción, no celebramos una idea, celebramos un carisma vivido que nos llegó de Joaquina de Vedruna. Como católicos, vemos los sacramentos como dones que Dios, están otorgados a la Iglesia para las personas, pero los carismas son dones dados a las personas para la Iglesia. Honramos a las mujeres que han traído este carisma a nuestra Iglesia.

En el Nuevo Testamento, vemos como las primeras manifestaciones de la vida religiosa se vislumbran en la vocación y el servicio de las viudas, de las que habla san Pablo. En esta santa mujer que es esposa y madre, Joaquina recibe una segunda llamada a la maternidad espiritual en la iglesia. Su conversión y fidelidad personales la han convertido en un instrumento de gracia y de la presencia de Dios en el mundo. Ella es la mujer del sí confiado. Durante dos siglos, sus hermanas han sido fieles a la misión de educar, sanar y librar. En 21 países de cuatro continentes, las Carmelitas de la Caridad sirven a los más vulnerables, excluidos y empobrecidos.

Sus ministerios abordan temas urgentes de la vida de la iglesia actual, la migración, la juventud, la promoción de la mujer, la educación, la salud, la ecología integral. La revelación comienza con una vocación, con un llamado, cuando Dios llama a Abraham a salir de su tierra y fundar una nueva nación. Hace dos siglos, santa Joaquina respondió al llamado de salir de su hogar y embarcarse en una aventura espiritual que ha tocado miles y miles de vidas.

Las vidas de las hermanas que siguieron su carisma y las vidas de miles de personas atendidas por las hermanas de Vedruna. En la lectura de hoy de la Carta a los Filipenses, san Pablo nos recuerda que debemos considerar lo que es honorable, justo, puro, amable y reflexionar sobre la excelencia, las virtudes y las cosas dignas de alabanza que tenemos ante nuestros ojos. Que debemos considerar lo que es honorable, justo, puro, amable y reflexionar sobre la excelencia, las virtudes y las cosas dignas de alabanza que tenemos ante nuestros ojos.

“Amaos los unos a los otros como yo os he amado” constituye el último mandato de Jesús para nosotros. En la Última Cena, el Señor lava los pies de sus discípulos con un gesto dramático y luego pronuncia lo que Él mismo llama el mandamiento nuevo. En el Evangelio de Juan encontramos el gran mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas con toda nuestra fuerza y amar al prójimo como a ti mismo.

Jesús nos enseña que el prójimo incluye al extranjero, el forastero, al samaritano, incluso a nuestros enemigos. Sin embargo, al final del último evangelio, Jesús nos da el nuevo mandamiento, el amor ad intra, el amor que debe caracterizarnos y unirnos en la vida de discipulado en comunidad: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

¿Cómo nos ha amado Jesús? El amor de Jesús debe ser la barra de medir para nuestro amor mutuo. Jesús nos ama primero. Nos ama mientras aún estamos en el pecado. Jesús no espera que lo amemos para luego correspondernos. Él ama primero. Jesús ama hasta el punto de entregar su vida por el rebaño, por sus amigos.

Y Jesús ama hasta el final. Si vamos a ser discípulos fieles, nuestro amor debe ser de ese tipo. Debemos saber amar primero, perdonar primero, dar primero. Debemos entregarnos a los demás de la misma manera en que Jesús se entrega a nosotros. Eso será nuestra seña de identidad. Así sabrán que sois mis discípulos. Con ese tipo de amor la gente reconocerá que somos suyos. Somos discípulos de Jesús.

Jesús nos llama amigos, no funcionarios. Los funcionarios, como el asalariado, pueden trabajar en formas muy eficientes y organizadas y a veces muy eficaces, pero el funcionario trabaja por un salario siempre que el trabajo sea seguro, interesante, entretenido y rentable. Por otra parte, el amigo permanece leal y dispuesto a dar su vida al servicio de su amado, incluso cuando la situación sea exigente, peligrosa, tediosa.

En el mundo actual el Papa Francisco describió una tercera mundial en entregas. Hay tantas guerras, tanta hambre, divisiones tan profundas. En un mundo así hay una gran necesidad del carisma y la misión de santa Joaquina, su testimonio y amor, continúan desafiando el egoísmo y la globalización de la indiferencia que causa tanto sufrimiento en la sociedad actual.

El sufrimiento transforma a las personas, puede transformar a las personas. San Francisco se convirtió cuando superó su repulsión hacia la lepra y abrazó al leproso. Francisco no curó al leproso, el leproso curó a Francisco de su mundanidad, de su miedo, de su egocentrismo.

Cuando confrontamos el sufrimiento que nos rodea, este nos transforma y nos ayuda a descubrir a Cristo en medio de nosotros. En la parábola del juicio final Jesús nos da el criterio por el cual seremos juzgados: “Tuve hambre y me diste de comer. Era forastero, emigrante, sin hogar, enfermo, preso y viniste en mi ayuda”. Este texto de Mateo no es una simple invitación a la caridad. Es una página de cristología que arroja un rayo de luz sobre el misterio de Cristo. En esta llamada vemos a Jesús en los pobres, en los que sufren. Vemos elevado el corazón mismo de Cristo, sus sentimientos, decisiones profundas, su identificación con la humanidad sufriente. Y su nuevo mandamiento es que hagamos lo mismo.

En un mundo que presta tanta atención a las celebridades, en la Iglesia encontramos el ejemplo y testimonio de la santidad de nuestros santos, un camino claro para encarnar los ideales del Evangelio en nuestro mundo. Los santos atraen a la gente por amor y por su alegría. Hoy nos alegramos y damos gracias por esta gran mujer que se entregó a Dios y a los demás.

Queremos honrarla imitando su bondad y entregándonos al Señor y a nuestros hermanos y hermanas. En los Evangelios, Jesús nos dice que “quien dé su vida por mí y por el Evangelio la salvará”. Santa Joaquina nos enseña a entregar nuestra vida.

Quisiera concluir mis reflexiones compartiendo con ustedes una hermosa parábola japonesa. Cuenta que un hombre vivía en una casa magnífica en una montaña y todos los días salía a su jardín para contemplar el paisaje y el mar que estaba abajo. Y un día, cuando salió, vio a un grupo de sus vecinos que estaban en la playa, en un picnic. Y luego vio que había un tsunami enorme que se acercaba al litoral. Y él quiso advertir a sus vecinos, empezó a gritar y a gesticular, pero la distancia era grande y no lo podían ver ni escuchar. ¿Saben qué hizo ese hombre? Entró en su casa, su linda casa, y le prendió fuego. Y cuando los vecinos en la playa vieron el humo y el fuego, algunos dijeron: “Vamos a subir la montaña a ayudar a nuestro vecino a salvar su casa”. Pero los demás decían: “No, esa montaña es peligrosa. Y estamos tan bien aquí… Esto es muy divertido. Vayan ustedes”. Pues los que subieron la montaña para ayudar a su vecino, se salvaron. Y los demás, que se quedaron en la playa divirtiéndose, cuando llegó el oleaje perecieron.

A menudo cuando realizamos una obra de caridad, un acto de justicia, nos felicitamos por hacer un favor a Dios, pero en realidad estamos escalando esa montaña de amor. Al morir a nosotros mismos y entregar nuestra vida a los demás, encontramos el camino hacia la verdadera felicidad, el sentido de la vida y la salvación, tal como hizo Joaquina.

Enhorabuena, hermanas carísimas. Seguid subiendo al Monte Carmelo con las obras y el espíritu de santo Joaquina.

Fecha

febrero 26, 2026