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Luis Argüello pide a laicos y religiosas Vedruna que mantengan vivo el carisma de Joaquina

Luis Argüello pide a laicos y religiosas Vedruna que mantengan vivo el carisma de Joaquina

El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal resalta la aportación histórica de santa Joaquina y la necesidad del carisma Vedruna para dar respuesta hoy a nuevos retos educativos y sociales.

 

Además de la celebración central en Vic, el bicentenario de la fundación de la congregación ha sido un importante acontecimiento en otras muchas ciudades y diócesis con presencia Vedruna. Uno de los lugares más destacados ha sido Valladolid, que cuenta con la presencia de nada menos que 70 hermanas y numerosas obras y proyectos en el ámbito social, sanitario y educativo, incluidos los colegios Ave María y  Jesús y María.

El arzobispo de Valladolid y presidente de la Conferencia Episcopal, Luis Argüello, presidió el 26 febrero una Misa de acción de gracias en la catedral con una nutrida presencia de personas que, de una u otra manera, conforman la Familia Vedruna en Valladolid.

Gracias por el testimonio de 8.000 hermanas

La Eucaristía dio comienzo con una carta de la hermana general, María Teresa Cuervo, leída por la hermana Luisa María Armenta. “Damos gracias por las más de 7.900 hermanas que a lo largo de la historia se han unido al proyecto de Joaquina y que hoy llega hasta nosotras y nosotros. En sus vidas y en su labor diaria quedó grabado en el corazón un lema, trabajar por la gloria de Dios y el bien del prójimo. Esto es lo mismo que servir, formar, amar, sanar, cuidar y contribuir a la construcción de un mundo más humano”, decía la carta.

Luisa María Armenta da lectura a la carta enviada por la hermana general al comienzo de la Eucaristía

A juicio de la general, “las hermanas que nos precedieron supieron captar el deseo profundo de Joaquina de vivir lo que Dios quiere para el bien de cada persona. Ellas lo cuidaron y hoy nos lo entregan a quienes formamos parte de esta familia˝, un legado que e sintetiza en tres notas fundamentales: “La primera, ser fuertes, viviendo con valentía y compromiso para responder de manera responsable y solidaria. La segunda, ser humildes, reconociendo nuestra verdad, que tenemos muchos valores y también debilidades, y que nos necesitamos mutuamente, incluida nuestra casa común, el planeta con el que todo está interconectado. Y la tercera, ser diligentes, saliendo al camino con disponibilidad y entrega, ofreciendo gestos concretos de solidaridad, una escucha atenta, palabras de aliento sincero, esperanza renovadora y creatividad comprometida para afrontar los desafíos cotidianos”.

“¿Cómo acercarnos a la fragilidad desde el cuidado?”

Domingo Cano y David Company, directores de los colegios Ave María y Jesús y María, durante la monición al final de la Misa

 

En una homilía con continuos saltos entre la dimensión universal del carisma Vedruna y la local en Valladolid, el arzobispo Argüello resaltó que la histórica aportación de santa Joaquina frente a las necesidades de su época necesita ser actualizada en el siglo XXI por la Familia Vedruna para, desde ese mismo carisma, seguir dando respuestas a los nuevos retos, citando en particular “el desafío educativo”, y el acompañamiento a niños, jóvenes, ancianos y personas vulnerables. “¿Cómo seguir cuidando la educación de niños, adolescentes y jóvenes? ¿Cómo acercarnos a la fragilidad desde el cuidado, desde la cercanía, desde la solicitud por enfermos, personas que viven solas, ancianos, porque ahí sigue habiendo una llamada para una forma de respuesta nueva?”, se preguntó.

El arzobispo Argüello, con alumnos Vedruna ante la imagen de Joaquina, al término de la Misa

 

Hoy, atrás ya los tiempos en que eran las hermanas Vedruna quienes formaban el grueso de los claustros en sus escuelas, es importante “que haya profesores, profesoras que vivan la experiencia educativa, según el carisma de Vedruna, como vocación”, a juicio del presidente de la Conferencia Episcopal. Y hacen falta a todos los niveles personas, laicos y religiosas, que tomen conciencia de la importancia del legado recibido “para, juntos, ayudarnos a vivir aquello que Joaquina Vedruna quiso vivir: la caridad, el amor en el centro de nuestra existencia. Este amor que llena de alegría, que nos hace humildes, también solícitos de los demás, cuidadosos de todo lo que nos rodea y que nos haga poder decir: “El amor nunca dice basta”.

“Conectar con el tiempo que vivimos”

Valladolid es una de las ciudades y provincias en las que más visible es la huella dejada por las Carmelitas de la Caridad Vedruna, presencia que se remonta a 1867, como explicó a Cope la coordinadora de la comunidad de Jesús y María, Goyita Álvarez.

“Diez años después ya teníamos en la ciudad tres colegios y educábamos a cerca de mil alumnas –explicó–. Fueron los primeros colegios religiosos de la ciudad y atendíamos a las necesidades del momento, a la clase obrera, internado y, por petición del arzobispo, nos hicimos cargo del colegio de Huérfanas Nobles, el colegio Dulce Nombre de María, situado en la calle San Ildefonso, conocido como Carmelitas del Campo Grande. Y hasta una escuela pública tuvimos, a petición del Ayuntamiento, colegio Nuestra Señora de la O”.

“El primero de los tres fue el Colegio Jesús y María, conocido como Carmelitas del Museo. Así se narra la fundación. Don José María Ferrer, auditor y asesor de la nunciatura, fue quien puso al instituto en comunicación con el arzobispo de Valladolid. Se trataba de montar en el barrio de San Andrés una enseñanza gratuita a favor de la clase obrera”.

Unos 140 años después, existen en Valladolid seis comunidades Vedruna, con 70 hermanas, presentes tanto en los barrios como en una zona rural, la Cistérnida. La obra educativa Vedruna es hoy un referente de calidad y valores en la ciudad. En cuanto al desarrollo comunitario, el trabajo en las hermanas Vedruna en los barrios, un referente en los años de transformación experimentada por la ciudad durante la Transición a la democracia en España, sigue hoy presente a través de proyectos de promoción a la mujer, labores pastorales en parroquias y pueblos, enviadas por el arzobispo, en Cáritas, en la educación de adultos y otros proyectos “donde los más vulnerables nos necesiten”.

Todo ello, resalta Goyita Álvarez, gracias a que “hubo antes muchas hermanas, más de 7.900”. “Y muchos seglares que encontraron el sentido de sus vidas, dando, desde el carisma Vedruna, las respuestas que los tiempos requerían”.

Goyita Álvarez (en el extremo del primer banco) durante la Misa

 

Sin embargo –prosiguió–, “no podemos quedarnos ahí, porque sería perder una oportunidad para hacer balance y traer al presente lo importante, que es conectar con el tiempo que vivimos, buscar las respuestas que el momento presente nos está pidiendo. La celebración del bicentenario, desde unas raíces afianzadas como son las nuestras, nos impulsa a seguir soñando”.

 


Carta enviada por María Teresa Cuervo, general Vedruna, a la celebración del bicentenario en Valladolid

Queridas hermanas, comunidad educativa, padres, madres, alumnos, exprofesores, exalumnos, amigos y amigos Vedruna y quienes nos acompañáis en esta celebración.

Hoy las melodías de fiesta resuenan aquí y en los distintos lugares donde hay presencia Vedruna, en África, América, Europa y Asia. Todas y todos estamos agradeciendo y celebrando los 200 años del nacimiento de la congregación y de la familia Vedruna.

En esta Eucaristía traemos nuestra vida, celebramos y damos gracias, de manera especial a santa Joaquina. Ella acogió la llamada de Jesús a seguirle y servirle, con una mirada atenta para descubrir lo que ocurría en la realidad que pisaba cada día. Con un oído sensible a los susurros del espíritu de la Ruaj, presente en las personas con las que se relacionaba, con atención a las noticias y acontecimientos de su entorno y con una gran capacidad para establecer vínculos con todas las personas. Vivió la generosidad y el servicio con amor incondicional hacia quienes más lo necesitaban.

En su vida resuena con fuerza una convicción que también hoy nos toca el corazón: “El amor nunca dice basta”. No fueron pocas las dificultades que vivió. Sin embargo, como mujer valiente y confiada en el buen Jesús, buscó siempre cómo superarlas, poniendo todos los medios a su alcance para responder a las necesidades y ser portadora de esperanza. Su vida es una luz para los momentos de dificultad o desánimo, que también hoy podemos experimentar.

Damos gracias por las más de 7.900 hermanas que a lo largo de la historia se han unido al proyecto de Joaquina y que hoy llega hasta nosotras y nosotros. En sus vidas y en su labor diaria quedó grabado en el corazón un lema, trabajar por la gloria de Dios y el bien del prójimo. Esto es lo mismo que servir, formar, amar, sanar, cuidar y contribuir a la construcción de un mundo más humano.

Agradecemos también a quienes hoy están aquí, a cada persona que hace posible la vida y la dinámica de los colegios. Gracias a las hermanas, testigos y servidoras de este proyecto educativo en Valladolid, muchas de ellas ya jubiladas o enfermas, que con su entrega y trabajo nos han dejado claros los tesoros que Joaquina soñó para cada persona. Nuestra historia como familia Vedruna ha sido rica y significativa. Las hermanas que nos precedieron supieron captar el deseo profundo de Joaquina de vivir lo que Dios quiere para el bien de cada persona. Ellas lo cuidaron y hoy nos lo entregan a quienes formamos parte de esta familia, comprometiéndonos a mantenerlo vivo, recordando tres notas Vedruna fundamentales:

La primera, ser fuertes, viviendo con valentía y compromiso para responder de manera responsable y solidaria.

La segunda, ser humildes, reconociendo nuestra verdad, que tenemos muchos valores y también debilidades, y que nos necesitamos mutuamente, incluida nuestra casa común, el planeta con el que todo está interconectado.

Y la tercera, ser diligentes, saliendo al camino con disponibilidad y entrega, ofreciendo gestos concretos de solidaridad, una escucha atenta, palabras de aliento sincero, esperanza renovadora y creatividad comprometida para afrontar los desafíos cotidianos.

Celebremos esta Eucaristía con un corazón agradecido por estos 200 años y con confianza en el futuro. Pidamos al Dios de la vida que nos ayude a seguir caminando juntos.

 

Homilía del arzobispo Luis Argüello

Querida familia Vedruna, bienvenidos a esta catedral, a esta sede que hace singularmente presente al Señor en la Iglesia de Valladolid, que agradece vuestra presencia a lo largo de tantos años de estos 200 de historia de la congregación.

Saludo especialmente a las hermanas Carmelitas de la Caridad, hermanas hijas de santa Joaquina de Vedruna, como también a todos los que de una u otra forma participáis en lo que desde este carisma recibido por Joaquina Vedruna hace 200 años, colaboráis en hacerle presente en el hoy del tiempo. Profesores, profesoras, colaboradores en las diversas instituciones, trabajadores de los diversos servicios y, cómo no, familias que hoy estáis aquí de los dos colegios Vedruna de nuestra ciudad, de nuestra diócesis, que venís como familia con los más pequeños, las alumnas, los alumnos de los colegios, también con los padres, cómo no, quienes tenéis a gala ser antiguos alumnos de estos colegios, habiendo vivido quizás arriba en el Ave María, en el internado o participando de una u otra manera de la vida del colegio, del surgimiento, de la vida en vuestros corazones, de los deseos adolescentes, del proyecto de vida, de la forma en cómo situaros en la sociedad, en la vida adulta. Todo ello gracias a un acontecimiento vivido hace 200 años.

Podríamos preguntarnos. ¿Algo ocurrido hace 200 años puede ser significativo hoy, cuando hemos vivido esta travesía que llamamos segunda parte del tiempo moderno, época ilustrada, revoluciones de diverso tipo, desde las primeras revoluciones industriales que en la Cataluña de la época tienen que ver con lo que va a ser la industria textil y lo que eso va a provocar en las décadas siguientes? Pero luego las diversas fases hasta llegar a hoy, en el que eso quedamos en llamar inteligencia artificial, nos sitúa también en un tiempo nuevo, que es desafío educativo y que es desafío también para la convivencia de nuestras sociedades. Insisto en la cuestión: ¿Puede algo ocurrido hace 200 años ser relevante en el hoy del tiempo?

Y he de decir, he de responder, sí, porque precisamente Joaquina de Vedruna se sitúa en una corriente que va más allá de los 200 años, en una corriente que empieza, lo hemos escuchado en la primera lectura, con Abrahán, padre de los creyentes, con aquel que recibe la promesa de una descendencia, si está dispuesto a salir de su tierra, incluso de sacrificar a su propio hijo, cosa que el Señor no permite, ofreciendo un cordero que va a ser figura del Cristo, ese Jesús que aparece luego ya en las otras lecturas.

Viene en la experiencia de Pablo, el apóstol, que tiene él mismo la oportunidad de dar testimonio de para que aquellos que aman a Dios porque se saben amados de Dios, todo les sirve para el bien y que forman parte de un proyecto, de un destino, que es el destino de una descendencia, de un pueblo, de hacer partícipes de lo que significa el amor de Dios.

Y luego Jesús, que nos invita a amarnos los unos a los otros y a permanecer en el amor. En el libro que tiene esta imagen de santa Joaquina Vedruna, que quiere ser el libro de las constituciones, se lee: “El amor, la caridad, es la base de estas constituciones”.

Carmelitas de la Caridad. Porque la caridad, que es el amor de Jesús, abraza el tiempo, hermanos. Se hace un acontecimiento real hoy aquí en la Eucaristía, donde la entrega de Jesucristo por nosotros en la cruz es una fuente permanente de amor, que nos convoca a una experiencia que Joaquina de Vedruna tiene con especial fuerza en su corazón, la confianza, la confianza en Dios, el abandono en sus manos, el poner la obra que intuye que tiene que poner en marcha en manos de Dios. Y desde esa confianza brota la alegría y desde la alegría la humildad de saber que para poder llevar la obra adelante precisa la gracia de Dios, la acción del Espíritu, la compañía de otras personas, de otras hermanas. Y desde ahí ese amor que se hace alegría y humildad, se hace también una diligencia, una actitud podríamos decir subrayadamente activa ante lo que ve a su alrededor, ante las circunstancias del tiempo.

Y pensemos en cuál es la respuesta que da Joaquina Vedruna, el deseo de poner en marcha una familia, un grupo de personas que quieren dedicarse a la atención educativa de niñas, de jóvenes, de mujeres y al cuidado de enfermos. Es decir, ve cómo la suerte de unas sociedades se juega en lo que pudiéramos llamar el porvenir de la existencia, la fortaleza de la juventud, el futuro para adelante de los corazones jóvenes, la importancia de la educación, de la formación para ser buenos ciudadanos, para ser buenos cristianos y la realidad de la fragilidad. Especialmente con la enfermedad y con los últimos años de la vida.

Siguen siendo desafíos hoy, aunque hoy tengamos Estado del bienestar. Cuando Joaquina Vedruna pone en marcha esta experiencia educativa, no existía, por no existir, ni siquiera una ley de educación. Tuvo que llegar un vallisoletano de adopción, Claudio Moyano, para hacer su ley e incorporar experiencias educativas que ya existían, como las escuelas Vedruna.

Hoy, en una nueva etapa, el desafío educativo se hace emergencia educativa. El desafío educativo se hace cuidado por la salud integral también de niños, adolescentes y jóvenes. El desafío educativo se juega en el aula y en las pantallas, en la calle y en los patios de los colegios, en las casas, donde a veces el trabajo del padre y de la madre dificulta tanto la dedicación a los propios hijos, donde los niños tienen que ir a madrugadores por la mañana y salen por la tarde después de diversas actividades. A veces llegan a casa demasiado cansados para poder tener con los propios padres unas relaciones adecuadas. Es un desafío educativo nuevo, en un momento en el que las carmelitas, las consagradas en el carisma de santa Joaquina, son menos o apenas están en los claustros, donde es tan importante que haya profesores, profesoras que vivan la experiencia educativa, según el carisma de Vedruna, como vocación.

Porque, en realidad, lo que estamos celebrando hoy aquí es que una persona respondió a la llamada, una persona vivió su existencia como vocación, como don, como regalo. Una persona decidió responder a la llamada de Dios en las llamadas de los acontecimientos históricos.

Y Dios sigue llamando, y los acontecimientos históricos siguen golpeando a nuestro corazón, para que respondamos también con una respuesta en la que, como Joaquina, digamos: “El amor nunca dice basta”. El amor no pone límites. El amor, como diría Pablo en la carta a los Corintios, todo lo cree, todo lo espera, ama sin límites, espera sin límites. Este amor no está en nuestro corazón. Y Joaquina lo sabía bien, por eso acudía cada jornada, en la oración, en la celebración de la Eucaristía, a la fuente del amor, para poder vivir ese “amor que nunca dice basta”.

Amigas, amigos, vivamos con alegría este acontecimiento y pensemos cada uno de nosotros hoy cómo responder a la llamada de Dios en los acontecimientos históricos. Cómo seguir cuidando la educación de niños, adolescentes y jóvenes. Cómo acercarnos a la fragilidad desde el cuidado, desde la cercanía, desde la solicitud por enfermos, personas que viven solas, ancianos, porque ahí sigue habiendo una llamada para una forma de respuesta nueva, en una colaboración entre la iniciativa pública a través del Estado del Bienestar y la iniciativa que también se vive en la plaza pública, de la iniciativa social, de la iniciativa de experiencias como la vuestra querida familia Vedruna. Para podernos encontrar en la plaza pública unos y otros, teniendo un latido en el corazón, el bien común de los niños, de estos niños que están diciendo: “A ver cuándo acaba el obispo de hablar”, sentados en las frías losas de esta catedral. Y al mismo tiempo el cuidado de las personas mayores, de los enfermos, provocando además un coloquio entre generaciones, como tantas veces nos pedía el Papa Francisco. Qué bueno es poner en relación a niños y mayores para caer en la cuenta de que juntos así vamos haciendo la historia doscientos años.

Los siglos no se tocan con las manos, lo que tocamos con las manos es el hoy del tiempo, en el que nos sabemos, sí, herederos, depositarios de lo que han vivido nuestros mayores y al mismo tiempo responsables de lo que acontezca en el porvenir, pero en ese hoy nos encontramos niños y mayores, educadores, padres, alumnos, para juntos ayudarnos a vivir aquello que Joaquina Vedruna quiso vivir, la caridad, el amor en el centro de nuestra existencia. Este amor que llena de alegría, que nos hace humildes, también solícitos de los demás, cuidadosos de todo lo que nos rodea y que nos haga poder decir: “El amor nunca dice basta”.

Fecha

febrero 28, 2026

Categoría

Bicentenario, Local