“Cada hermana general ha sido una respuesta de Dios a un tiempo concreto, igual que lo somos cada una de nosotras”. Desde estas coordenadas, y a pocos días a pocos días de la celebración en Vic del bicentenario de la fundación de las Carmelitas de la Caridad Vedruna, las hermanas Loli Fernández y Rita Aragón trazaron los 200 años de historia de la congregación a partir de los principales rasgos biográficos de las 14 generales y de los retos que tuvieron afrontar.
Con el título “Mujeres que guiaron el camino: 200 años de historia Vedruna”, el webinar, organizado por la Fundación Vedruna Educación como parte de sus habituales sesiones formativas, sirvió no solo como “mero repaso de nombres”, sino más bien como “lectura espiritual e histórica de un carisma en expansión”, explicó, en la introducción del acto, el responsable del Área de Pastoral de la Fundación, Francisco Solano. Rita Aragón y Loli Fernández –añadió– invitan “a reconocer la fidelidad de Dios en nuestra historia y a que nos preguntemos todos qué camino estamos llamados a guiar hoy como familia”.


Cuatro son las etapas que se distinguen en la historia Vedruna, según las ponentes. El siglo XIX fue el de la fundación y la consolidación. Las primeras décadas del siglo XX se caracterizaron por la expansión y la consolidación de la Congregación. A esta segunda etapa siguieron los años de la persecución religiosa en la España de los años 30, un tiempo para “resistir”, al que siguió la restauración en la posguerra. Finalmente, desde el Concilio Vaticano II hasta nuestros días, vivimos tiempos de renovación y apertura de nuevos caminos.
En todas estas situaciones, las principales funciones de las hermanas generales son básicamente las mismas en cada tiempo: cuidar el carisma, sostener la comunión, abrir nuevos caminos y cuidar de las hermanas y las comunidades.
La raíz: Santa Joaquina (1826-1854)

Joaquina “comienza con nueve jóvenes e inicia una expansión bastante rápida”, explicó Rita Aragón.
A nuestra “madre y maestra” se la puede describir como “pionera en España en la vida apostólica femenina, ya que en esos momentos no había ninguna otra congregación femenina de vida activa”, y menos aún “dedicada a la promoción de la mujer, de las niñas y de los más vulnerables”, añadió.
Sin salir de Cataluña, al morir la fundadora, hay ya 150 hermanas en siete diócesis y unas 30 fundaciones, en las que, por lo general, se establecen de manera conjunta hospitales, escuelas o casas de caridad. Además, Joaquina fundó 30 comunidades.
Paula Delpuig (1854-1889). Continuadora

Rita Aragón definió a la primera sucesora de Joaquina como “la gran desconocida”, a pesar de su enorme importancia en la historia de la congregación. “Sin Paula, no estaríamos aquí”, subrayó.
Procedente de Malgrat, Paula Delpuig conoce a Joaquina de manera casual en la Rambla de Barcelona, donde se produce la curiosa escena en la que la fundadora le dice: “Has de ser hermana”. Si bien Joaquina parecía estar preparando a Veneranda como sucesora, acepta que la Providencia tiene otros planes.
Paula es quien expande la congregación fuera de Cataluña. Llega a Madrid, Cádiz, Sevilla, Jaén, Extremadura, Valencia, Alcoy y Valladolid, en lo que supuso la gran expansión por España. En total, deja 111 fundaciones, incluidos numerosos colegios.
Comienza con los parvularios y con las escuelas dominicales y nocturnas para trabajadoras. Vive los tiempos tumultuosos de la I República y muestra gran sagacidad “para comprender los signos de los tiempos”.
Era una mujer que, como Joaquina, acompañaba mucho a hermanas y comunidades. A su muerte, la congregación supera ya las mil hermanas, presentes en más de 21 diócesis.
Deja al menos 700 cartas que permiten profundizar en su legado.
Ana Soler (1891-1896). La regla viva

La segunda sucesora de Joaquina es la responsable de 14 fundaciones, entre ellas diversos colegios en Denia, Cáceres, Sevilla, Bilbao y Vitoria.
“Se distinguió por el ejercicio de sus virtudes, especialmente por la caridad y por la observancia de las constituciones”, resaltó Loli Fernández. “Es una mujer humilde, mansa y que se da por entero a Dios y al servicio de los demás”, lo que hace que las demás hermanas la reconozcan como hermana y sea elegida madre general.
Rita Ubach (1896-1901). Sabiduría práctica
A diferencia del resto de generales, Rita Ubach no fue elegida en capítulo, sino que, ante la muerte de su predecesora, tuvo que hacerse cargo de las riendas de la congregación mientras se convocaba el siguiente capítulo.
De su etapa como madre general, quedan tres fundaciones en Villafranca de los Barros, Bilbao y La Unión. En esos años también tiene lugar la inauguración de la iglesia de la Casa Madre en Vic, y la consagración al Sagrado Corazón con el Papa León XIII.
Margarita Arolas (1901-1923). Madre

Con Margarita Arolas comienza la expansión fuera de España. La congregación llega a América, en primer lugar a Paraguay. Son los años también en los que se inicia la causa de canonización de Joaquina y se revisan canónicamente las constituciones.
Margarita Arolas divide el instituto en cuatro provincias: Barcelona, Valencia, Madrid y Vitoria. También se preocupa por darle un fuerte impulso a la formación, con el desarrollo de un plan de estudios congregacional.
Apolonia Lizárraga (1923-1936). Mártir

Apolonia fue “la mujer fuerte” elegida para sostener a la congregación en momentos especialmente difíciles, resaltó Loli Fernández.
En sus primeros años como religiosa, la madre general, Margarita Arolas, la llama para que vaya a Vic, a la Casa Madre, donde se encuentra en medio de los sucesos de la Semana Trágica de Barcelona, que afrontó con talante sereno. Es elegida dos veces consultora hasta que, finalmente, es nombrada general, lo que la sitúa en primera línea de las celebraciones del primer centenario del Instituto, en el que toma la palabra un bisnieto de la fundadora.
“Pero lo más importante de la vida de Apolonia empieza en julio de 1936, con el estallido de la Guerra Civil”, prosiguió Loli Fernández. Cuando un grupo de milicianos entra en la Casa Madre, su afán es poner a salvo a las hermanas. Al quedarse sola, se dirige a la capilla. “Siente mucha pena por lo que pasa” y verdadera “angustia” por el futuro del Instituto y de las hermanas.
Es apresada y conducida a la Checa de San Elías, en Barcelona. “Nunca se esconde; cuando le preguntan, ella es capaz de afirmarse como religiosa”. “Siente que estos últimos días de su vida se parecen mucho al martirio de Jesús, y tiene ese mismo sentimiento de perdonar a los milicianos, porque en realidad no sabían lo que hacían”. Muere asesinada el 8 de septiembre de 1938.
Elisa Irizar (1939-1945). Restauradora

A Elisa Irizar, sucesora de Apolonia Lizárraga, le corresponde la restauración de las comunidades destruidas en los años anteriores. Resulta elegida en Sevilla, ciudad en ese momento que reúne las mejores condiciones para celebrar un capítulo.
A esta general se la recuerda también por la adquisición del Manso y por la beatificación de Joaquina, celebrada en 1940, en Roma.
Ramona Castany (1945-1963). Misionera

A Ramona Castany se la conoce como la misionera, por la fuerte expansión en los años de su generalato. Con ella, el instituto llega a Japón, India, Puerto Rico, Brasil, República Dominicana, Cuba, Venezuela, Congo y Perú. En España, la antigua provincial de Cataluña durante la Guerra Civil funda algunos colegios y la residencia para colegialas de Madrid.
Asiste como general a la canonización de la fundadora. Quienes la conocieron resaltan su cercanía y sencillez. “Se sentía profundamente amada y era lo que contagiaba”, resaltó Loli Fernández. “Tiene mucho empeño en cuidar de todas las hermanas y en conocerlas a todas por su nombre”.
Dolores Vives (1963-1975). Fiel a la Iglesia

Un hito en la historia de la congregación, como en la de toda la Iglesia, fue el Concilio Vaticano II. La mujer al frente en esos años es Dolores Vives, responsable de 77 fundaciones.
En la vida interna de la congregación, se caracteriza por ser la primera madre general que vista todas las comunidades para conocer personalmente a cada hermana. Impulsa el estudio y la investigación sobre Joaquina e inicia la renovación de las constituciones en consonancia con el Concilio.
Vive momentos de “apertura” pero también de “oscuridad”, que sufre con dolor. Comprende con humildad que es necesario dejar pasa a otra hermana que lleve a cabo la renovación, tarea para la que se siente sobrepasada.
Catalina Serna (1975-1987). Renovadora

La encargada de pilotar la renovación fue Catalina Serna, a base de cercanía a las hermanas y de mucho empeño personal para salvaguardar la comunión. “Cuando vivieron ese capítulo de renovación, si las hermanas no quedaban todas conformes”, se quedaba a trabajar toda la noche buscando una redacción con la que pudieran estar todas de acuerdo, contó Rita Aragón, a partir de testimonios recabados de hermanas que conocieron personalmente a esta general.
“Se le ha descrito siempre como una mujer muy cercana, que estaba disponible para todas las hermanas, siempre abierta a escuchar… Fue una gran impulsora de esto que ahora llamamos trabajo sinodal, en grupos, en equipos…”. Con ese talante, “fue capaz de trazar un rumbo firme en un momento muy difícil y no perder la esencia” de la congregación.
Catalina Serna dejó 124 fundaciones y trasladó los restos de Joaquina al Manso. Cuando dejó de ser madre general, “felizmente se fue a la casa de Vitoria”, donde “siguió acompañando y discretamente aportando como una más hasta el final de su larga vida de 98 años, en la que tanto nos dio a la familia Vedruna”.
Felisa Aragón (1987- 1999). Pobreza y misión

Continuadora de esta renovación fue la siguiente general, Felisa Aragón. Su sobrina nieta Rita Aragón destacó “su intento de vivir la pobreza de manera radical y coherente en cada momento”, alentando siempre la misión.
Deja 62 fundaciones y pone en marcha la Provincia África, continente del que “era una fiel enamorada”. Pasó allí muchos años, antes y después de su generalato.
En su época, como novedad, la congregación da respuesta a diversas emergencias humanitarias y situaciones de conflicto. Algunas hermanas son enviadas a trabajar en campos de refugiados. Felisa Aragón es también la general que promueve el plan de formación y de pastoral juvenil, y la que inicia los trámites para la constitución del Laicado Vedruna.
María Narcisa Fiol (1999-2011). Acompañante

María Narcisa Fiol, conocida como Sisita, fue la responsable de 32 fundaciones. “Tiene un perfil muy claro en los tres espíritus de nuestro carisma: el educativo, el sanador y el liberador”, destacó Rita Aragón.
Antes de entrar en la congregación, había trabajado como auxiliar de enfermería. Ya en el juniorado, estudió magisterio y consiguió una plaza en la escuela pública. Posteriormente estudió psicología, teología y planificación pastoral. Fue maestra de novicias, consejera provincial, delegada de pastoral juvenil y provincial de Tarragona, entre otras responsabilidades en la congregación, antes de su elección como general en 1999.
“Ella nos contaba que, cuando fue elegida, su reacción fue ir a la capilla y decirle a Jesús: ‘Bueno, Señor, lo que tú quieras’”. Como el resto de hermanas generales en estos años ya más tranquilos, se la puede caracterizar como una mujer “de profunda confianza” y “afianzada en Dios”.
María Inés García (2011-2023)

Al igual que sucede con Sisita, “todos los que estamos aquí conocemos a María Inés, así que hace falta explicar poco de ella”, dijo Rita Aragón, resaltando la “entrega” de esta general, manifestada en su cercanía al visitar las comunidades. “Estaba siempre disponible para lo que se necesitara”, añadió.
En cuanto a su legado, erigió las provincias de Vedrunamérica y Europa, pone en marca diversas fundaciones e inicia un encuentro intercontinental de hermanas jóvenes, además del encuentro anual con los quipos provinciales. Le tocó estar al frente de la congregación en los difíciles momentos de la epidemia del covid.
María Teresa Cuervo (2023-)

Esta vez es la propia general quien se presenta por medio de un vídeo que se proyecta en el webinar: “Mi misión es acompañar, animar, conocer los lugares donde está el carisma Vedruna y estar atenta a la unidad de la familia”, afirma. “También represento a la familia ante las instituciones eclesiales y civiles cuando hace falta”.
“Yo no tomo las decisiones sola. Somos un equipo y estamos inspiradas por la persona de Joaquina. Juntas vemos por una parte los encargos que nos ha dado el capítulo general que se recogen en el documento `Nacer de Nuevo`, pero también las tareas que nos van surgiendo en el día a día. Todo esto, con la inspiración de Joaquina de Vedruna, que fue una mujer que tuvo una mirada amplia, grande y siempre estuvo atenta a lo pequeño y a las realidades más frágiles y vulnerables. Por eso mi preocupación y ocupación es que tanto las hermanas como toda la familia seamos buena noticia, que seamos evangelio allí donde estamos presentes. Repito, sobre todo en las situaciones más frágiles y vulnerables”.