La hermana General, María Teresa Cuervo, da las gracias “por la herencia recibida” en estos 200 años de historia en los que el carisma Vedruna se ha universalizado sin perder sus elementos esenciales: “un estilo de vida sencillo para compartir con nuestros hermanos; la fidelidad al encuentro con Dios, en su palabra y en la vida cotidiana, dejándonos inspirar por el evangelio; y cuidar las relaciones con los demás, sanas y llenas de amor”.
Gratitud es el sentimiento predominante en la Familia Vedruna, al celebrarse su centenario. Así lo expresaba la hermana general, al tomar la palabra, en la monición final, en la Eucaristía de acción de gracias celebrada en la iglesia de la Casa Madre, presidida por el arzobispo emérito de Boston, el cardenal O’Malley, y concelebrada, entre otros, por el obispo de Vic, Romà Casanova
María Teresa Cuervo tomó la palabra al finalizar la Misa para, en primer lugar, dar lectura a la carta de felicitación del Papa León XIV, exhortando a la congregación “a que, fieles a su carisma fundacional, crezcan en su identificación con la voluntad de Dios, para promover una extensa labor de evangelización que lleve la fe y el amor de Dios a todos los ámbitos de la sociedad”.

Las dos anteriores hermanas generales, Sisita Fiol y María Inés García, en el momento de las ofrendas
La nueva familia religiosa iniciada por santa Joaquina el 26 de febrero de 1826 hoy está presente en 21 países de África, América, Europa y Asia, recordaba María Teresa Cuervo. “Con gratitud celebramos esta herencia y nos sentimos bendecidas de formar parte de esta historia que sigue viva”, añadía la general.
Esta expansión sirve también para “redescubrir el carisma con nuevos rostros, cuidando siempre lo que no podemos perder: un estilo de vida sencillo para compartir con nuestros hermanos; la fidelidad al encuentro con Dios, en su palabra y en la vida cotidiana, dejándonos inspirar por el evangelio; y cuidar las relaciones con los demás, sanas y llenas de amor, como nos invita nuestro documento capitular Nacer de nuevo”.
Al comienzo de la celebración, en la monición de entrada, la consejera del Equipo General María Irizar insistió en esta misma universalidad de la “gran Familia Vedruna”, presente en cuatro continentes, y con un carisma compartido por “hermanas, laicado asociado y un gran número de personas”.

María Irizar, durante la monición de entrada
Por ello –añadía– hoy ese tempo de celebrar y agradecer, pero también de tomar conciencia del “desafío de continuar esta misión de la Iglesia, que santa Joaquina de Vedruna soñaba como abrazar todas las necesidades de los pueblos, y renovar hoy en esta Eucaristía la determinación de continuar con alegría el legado recibido, de responder a los signos de este tiempo en el que vivimos, la paz, la justicia y dignidad de todas las personas, el fin de todas las hambres, el cuidado de la madre tierra y la sed de fraternidad universal”.
“Jesús de Nazaret –concluyó María Irizar– fue el centro de la vida de santa Joaquina de Vedruna. Él, el Señor, nos invita a seguirle desde el carisma Vedruna y anunciar el Evangelio, la buena noticia con nuestra vida. Unidas, unidos como familia, pedimos que Dios continúe bendiciéndonos muchos, muchos años más”.
Monición final de María Teresa Cuervo:
Hoy, en este momento de la celebración, la liturgia nos invita a dar gracias y queremos aprovechar para decir gracias. Gracias a quienes están hoy con nosotras, gracias a las autoridades civiles, religiosas, amigos, amigas, a nuestras familias y a todos ustedes, aquí hermanas presentes, y también a quienes nos acompañan de manera virtual. Gracias por estar con nosotras, no solo hoy, sino a lo largo de estos años, caminando junto a la familia Vedruna.
Hoy es un día de alegría profunda, alegría para nosotras, para la familia Vedruna y para todos los que de alguna manera son y se sienten parte de nuestro carisma, por misión, por amistad, por cercanía o simpatía. Los brazos de Joaquina son tan largos que todos cabemos en ellos. Celebramos 200 años de historia y aún así es posible agradecer de corazón a quienes estamos aquí.
Los vínculos con las autoridades civiles fueron siempre importantes para Joaquina y lo siguen siendo para nosotras. La amistad y la cercanía acompañaron su vida y hoy celebramos profundamente y sobre todo el sentido de pertenencia al carisma Vedruna que nos identifica en cualquier lugar del mundo. Sigue siendo nuestro ADN.
También agradecemos a la familia de sangre de Joaquina que ha permanecido cercana desde 1826. Todas estas relaciones han crecido, se han cuidado, se han fortalecido a lo largo de estos 200 años.
Hoy como Iglesia nos sentimos llamadas a caminar juntas, reconociendo la diversidad. Por eso cada uno de ustedes ha sido parte de este camino: ayer, hoy y –esperamos– también mañana. Los sentimientos de gratitud nos llevan a contemplar con admiración y cariño a Joaquina y a las primeras hermanas que hace 200 años arriesgaron todo lo que tenían, mucho o poco, para responder generosamente a las necesidades de educación, salud y cuidado de personas de la Casa de Caridad en Vic y sus alrededores.
Su mirada profética, comprometida, junto con el buen nombre, las llevó a extenderse por Cataluña y más allá, dejando una huella profunda en cada lugar donde estuvieron. Esa semilla, sembrada con valentía, cruzó fronteras, mares, culturas y hoy vemos cómo se ha hecho realidad aquello que Joaquina escribía a las hermanas: “Dios quiere que mis hijas vayan a muchas partes y ellas no pueden rehusar. Dios lo bendecirá todo”.
Hoy esta palabra se hace vida en 21 países de África, América, Europa y Asia. Con gratitud celebramos esta herencia y nos sentimos bendecidas de formar parte de esta historia que sigue viva.
Desde distintas latitudes, horarios, tareas de misión, muchas hermanas y laicos nos acompañan hoy en esta celebración. Estamos unidas y unidos.
Ya hace parte de nosotras el agradecer. En 1845 Joaquina dio gracias por los 19 años de vida de la congregación. Hoy, en el 2026, damos gracias por 200 años del carisma y de la Familia Vedruna, un regalo para la iglesia, para nosotras y para los países donde estamos presentes trabajando por la gloria de Dios y el bien del prójimo.
Al mirar atrás nos sorprendemos por todo el recorrido y damos gracias por los logros, también por las dificultades superadas.
Hoy redescubrimos el carisma con nuevos rostros, cuidando siempre lo que no podemos perder: un estilo de vida sencillo para compartir con nuestros hermanos; la fidelidad al encuentro con Dios, en su palabra y en la vida cotidiana, dejándonos inspirar por el evangelio; y cuidar las relaciones con los demás, sanas y llenas de amor, como nos invita nuestro documento capitular Nacer de nuevo.
“Tengan mucha confianza, todo saldrá bien, aún mejor de lo que se puede pensar”.
“En la medida en que, por nuestra parte, queremos hacer el bien, el Señor derramará sobre nosotros su gracia para que todo vaya bien y aumentará los medios que sean necesarios” (Carta 85).
Finalmente, una pequeña anécdota de un grupito de niños que viven en San Juan, en la Amazonía peruana, que vienen algunos días por la tarde a orar con la comunidad pequeñita de hermanas que tenemos allí. Ellos, después de explicar su jornada, empezando con el detalle de levantarse, lavarse la carita…, terminan diciendo: “Por todo esto, gracias Jesús”.
Nosotras hoy terminamos diciendo: “Por todo esto, gracias Dios, Padre, Madre. Gracias Joaquina”.